Explorar la variedad de sabores —dulce, salado, ácido, amargo, picante, umami y astringente— es mucho más que una experiencia gastronómica: es una herramienta para nutrir el cuerpo de forma integral. Cada sabor tiene una función específica que estimula procesos digestivos, emocionales y metabólicos. Además, la diversidad de colores en un plato refleja diferentes tipos de vitaminas, minerales y fitonutrientes: los rojos aportan antioxidantes, los verdes clorofila y desintoxicantes, los naranjas betacarotenos, los morados antocianinas y los blancos compuestos sulfurosos. Al combinar sabores y colores, alimentamos todos los sistemas del cuerpo, mejoramos la digestión, regulamos emociones y hacemos de cada comida una oportunidad de salud y equilibrio.
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